Noticia UDLA

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Las pasadas semanas se han hecho declaraciones peligrosas para el desarrollo de la ciencia. El Papa Ratzinger manifestó nuevamente que los científicos deben comandar sus estudios apegados al criterio de lo absoluto, es decir de un dios. El rabino judío ortodoxo Moshe Averick criticó duramente el ateísmo de los evolucionistas e instó a no seguir sus enseñanzas. El gobernador de Tennessee, Bill Haslam, aprobó una ley por la cual en los colegios públicos, supuestamente laicos, se deben enseñar teorías diferentes a la evolución, es decir, dar cabida al creacionismo; este mismo estado de USA, en 1925 sacudió al mundo con “el juicio al mono”, condenando a un profesor por enseñar evolución. Aún más peligrosa es la declaración del teólogo Bernard Coster, que dice: “La biología es el instrumento más importante del ateísmo: en el evolucionismo y el darwinismo busca su argumento más fuerte, y debemos tener una respuesta científica a esta pretensión atea”. Contrariamente a estas retrógradas tendencias, la ciencia cada vez sustenta mejor la evolución; los instrumentos que brindan la paleontología, la antropología, la geología, la genética, la biología molecular, etc., dan cuerpo y fuerza al evolucionismo. El ADN del núcleo celular común entre especies, el rastreo de genes de las mitocondrias en ancestros humanos, son muestras tangibles y certeras de la evolución. La disputa entre ciencia y fe continúa. Quienes atacan a la ciencia y quieren someterla al dogma, argumentan que el ateísmo científico debe estar restringido al “grupúsculo de científicos ateos” y que sus cuestionamientos a la fe no deben salir a la luz. Aducen que el ateísmo científico es peligroso porque se convierte en proselitismo ateísta, y hay que destruirlo. Aseguran que el avance científico, al cuestionar las religiones de Occidente, promociona el surgimiento de religiones proscritas. La lucha de religiosos contra ateos resurge producto de las críticas y deserciones de los mismos fieles, ante la falta de modernidad, los escándalos de los prelados, el involucramiento de religiosos en  negocios y en la banca, o el mantenimiento del poder alejado de las necesidades de la gente. Ha resurgido el ataque a la ciencia porque ésta pone en jaque a los pilares de la fe. Los líderes religiosos llaman a creer en ellos y en nombre de la fe alientan que se acalle la libertad de expresión de los científicos, más aun a los ateos. Cincuenta y tres años después parece que quieren revivir el “juicio al mono” y condenar a todos los evolucionistas. No podemos permitirlo. Autor: César Paz y Miño Fuente: www.telegrafo.com.ec