Comida chatarra, genes y obesidad

Noticia UDLA

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Compartimos el artículo de Diario El Telégrafo en el que César Paz y Miño, Decano del Instituto de Investigaciones Biomédicas, nos habla sobre la comida chatarra, genes y obesidad.
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El comportamiento alimenticio de la sociedad ha cambiado desde la introducción del negocio de la comida y la globalización de sus mercaderes. Sumidos en presión laboral, producción y eficiencia, las personas han reorganizado sus vidas dando paso a la comida chatarra, rica en grasas, azúcares, condimentos, aditivos alimenticios y sal, lo que estimula la sed y el apetito, cerrando así el círculo del negocio de la mala nutrición.

Cualquier alimento puede ser dañino para la salud, dependiendo de la cantidad de consumo, incluso el cerdo. La comida chatarra es de fácil acceso y de costos más bajos, incluso que otros alimentos, por eso su difusión amplia; además, busca para su venta mejor sabor, casi adictivo, y no la calidad nutricional.

Experimentos en animales de laboratorio muestran que existen unos individuos que engordan con la comida chatarra y otros que no lo hacen. Esto llevó a investigar las variantes funcionales y genéticas que existen en la respuesta al alimento: avidez, capacidad de degradación, asimilación, desintegración, aprovechamiento y acumulación de sus productos metabolizados.

Se sabe que la respuesta a los diversos alimentos tiene una base genética. Hay personas que degradan mejor o peor las grasas, los carbohidratos, proteínas y azúcares, dependiendo de sus genes, por lo tanto, serán o no gordos u obesos, desarrollarán diabetes o no, degradarán mejor o peor el alcohol.

Atribuir a un solo factor el problema de la obesidad o la mala nutrición no es preciso. Contribuyen a ella determinantes sociales, culturales, financieras, entre otras. En estudios realizados sobre la preferencia de comida chatarra, priman el costo y la velocidad, adicionalmente cambios en la organización laboral y familiar, es decir más trabajo y menos tiempo disponible para el control de la alimentación infantil, por ejemplo. Sí es verdad, en cambio, que los problemas de salud aumentan con el consumo de comida chatarra (diabetes, cardiopatías, accidentes cerebrales) y los Estados deben resolverlos como problema de salud pública.

La percepción de sabor también influye y tiene un componente étnico que en Ecuador no ha sido estudiado completamente. Esta percepción diferencial haría que unas personas consuman con mayor avidez un alimento que otro. Nuestros resultados en la UDLA muestran que a los ecuatorianos nos gusta lo salado y lo amargo, justo los componentes que más comprometen a la salud.

Es clave la educación alimentaria que cambie la mentalidad en el consumo y promocione alimentación sana y equilibrada, incluso autoimponiéndose sobre los genes descarriados.