Genes, azúcar, tabaco y alcohol

genética

genética

Compartimos el artículo de Diario El Telégrafo en el que César Paz y Miño, Decano del Instituto de Investigaciones Biomédicas, habla sobre genes, azúcar, tabaco y alcohol.
Mira la publicación aquí.

Acostumbrados a quejarnos de todo cuanto sea novedoso, ya se escuchan las voces de protesta por las medidas económicas que elevarán los precios de tabaco, bebidas azucaradas y licores. Los críticos centran su inconformidad en el tema ganancias o despidos en las empresas productoras y dejan de lado la salud y el bienestar social.

Médica y genéticamente, el consumo de tabaco, de alcohol y de azúcar, tiene graves consecuencias en la salud. Cada población y cada individuo tienen diferentes reacciones y respuestas a estos agentes. Existen genes que nos hacen más o menos susceptibles o resistentes a tales sustancias. Hay personas que degradan con mayor o menor rapidez los productos que ingresan al organismo y en cada uno con respuesta diversa. Lo que sabemos con certeza es que el tabaco crea adicción y produce daño a muchos niveles: cardíacos, circulatorios, cerebrales, dentales, orales, etc. y, sobre todo, quien fuma tiene un riesgo de hasta 30% más de desarrollar un cáncer de pulmón ya que el tabaco contiene al menos 69 químicos que se relacionan con la enfermedad. El alcohol es una sustancia psicoactiva que, si se consume 15 mililitros o más, causa irritación del sistema nervioso, euforia, pérdida de la noción de espacio, trastornos de conducta, inhibición psíquica, agresión o depresión, distorsión de la realidad, intoxicación, alucinaciones y daño hepático; también incide en la violencia social. El aumento del azúcar afecta la inmunidad, trastorna el colesterol, alimenta células cancerígenas, predispone a daños de la piel y susceptibilidad a infecciones y es una causa común del desarrollo de diabetes, obesidad e hígado graso. Las tres sustancias están asociadas a abortos y malformaciones congénitas.

El consumo conjunto de azúcares, alcohol y tabaco, eleva hasta 300% el riesgo de enfermedad y muerte. Justamente por esta asociación, las políticas sanitarias mundiales han cambiado y desalientan su consumo. La OMS advierte de sus daños, los estudios científicos los confirman y las autoridades de salud deben tomar un camino para enfrentarlos. Los gastos en salud que se desprenden de la no acción frente a estas sustancias nocivas, son enormes. El ausentismo laboral por enfermedad o intoxicación, es elevado. Estas tres sustancias controladas y haciendo campañas de salud adecuadas para desanimar su consumo, ahorrarían a los estados y a las personas cuantiosas sumas de dinero que podrían ser reorientadas a inversiones positivas como educación, salud, investigación, y para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. (O)