Es un deber investigar la diversidad genética

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Compartimos el artículo de Diario El Telégrafo en el que César Paz y Miño, Decano del Instituto de Investigaciones Biomédicas, habla sobre la diversidad genética.
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Durante la entrevista con Giovanna Tassi en Radio Pública (2016-06-08), acerca del origen genético de la población ecuatoriana, surgió el tema de la necesidad de estudiar la población del país, y entender la diversidad de los pueblos ecuatorianos. El asunto trasciende hasta la necesidad y obligatoriedad del Estado ecuatoriano de desplegar grandes esfuerzos para estudiar el país megadiverso. Temática compleja. Por un lado, existen leyes que nos protegen del biopirateo, pero por otro, las mismas normas ponen una camisa de fuerza a los investigadores ecuatorianos que actuamos de buena fe. El dilema radica en estudiar nuestra biodiversidad o dejar que otros vengan a estudiarla; apoyar las investigaciones ecuatorianas o exponernos al saqueo -legal o ilegal- de muestras.

Lo lógico sería que el Estado arme un gran proyecto de investigación sobre la biodiversidad -incluida la humana- para desentrañarla. Para tal fin se deberá recurrir a los investigadores nacionales con la experticia requerida. Si no es posible, entonces se deberá implementar laboratorios que lo hagan, Ikiam parecería que vino a solucionar esto, pero su ámbito de acción es aún pequeño. Lamentablemente, lo que ocurre con frecuencia es que los organismos del Estado se han centrado en controlar a los investigadores, a los cuales se les asocia con biopirateo. Sin embargo, los investigadores ecuatorianos no somos biopiratas; por el contrario, quienes investigamos en el país defendemos la biodiversidad que ha sido saqueada en más de una ocasión. Por tanto, a ello correspondería una lógica de protección y no de persecución.

En países desarrollados se discute sobre el uso de la tecnología de edición genética (CRISP/Cas9) sobre corrección genética de embriones, terapia genética y más, pero en Ecuador aún no conocemos cuál es nuestra composición genética. ¿Cómo entonces podremos enfrentar las nuevas tecnologías y la terapia genética personalizada, si ni siquiera conocemos nuestra biodiversidad, incluida la humana? En países como el nuestro se limita y ahuyenta la investigación; en suma, se hace el juego a las potencias mundiales, que no quieren que  investiguemos en forma soberana, para que consumamos su tecnología y los conocimientos que ellas generan. Esto se llama colonialismo científico.

El país ha reclamado mayor investigación, para así tener más presencia internacional, pero al incluir prejuicios en torno al ‘autobiopirateo’ nos retrasamos en conocer nuestra realidad. Es obligatorio protegernos de los biopiratas extranjeros; sin embargo, es preciso apoyar de manera oficial a la investigación nacional honesta. (O)