En busca de agua segura en las alturas andinas

Foto Cortesía: Esteffany Bravo S / El País

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Compartimos un extracto de la noticia publicada por Diario El País en la que se destaca la ejecución de un proyecto de purificación del agua en Chimborazo.
Mira la noticia publicada aquí.

Una tecnología milenaria como la alfarería puede ayudar a solucionar los problemas de acceso a agua potable en los Andes ecuatorianos. Se usan filtros de cerámica.

Viven en el país con más ríos por kilómetro cuadrado del planeta, pero tienen problemas para acceder al agua. A más de 3.000 metros de altura, muchas comunidades rurales de los Andes ecuatorianos luchan a diario para regar sus campos y dar de beber agua limpia a sus hijos. En la comunidad de Gusniag, 54 familias han conseguido llevar el líquido vital desde una vertiente subterránea hasta sus casas. Mediante tuberías y depósitos instalados por los propios habitantes, esta pequeña aldea ha sido capaz de acceder por sí misma al agua, que procede del glaciar del volcán Chimborazo, el más alto del mundo medido desde el centro de la tierra. A pesar de la hazaña, todavía queda un importante escollo por rebasar: la purificación del agua. Ahí es donde entran los filtros de cerámica, unos sencillos recipientes con forma de maceta capaces de eliminar las bacterias que originan enfermedades como la diarrea, la segunda causa de mortalidad infantil en el mundo.

Inventados en Guatemala en los años ochenta, los filtros de barro han ayudado a potabilizar el agua en países tan distintos como Camboya o Ghana. El secreto está en la porosidad de la pieza, que se consigue al mezclar la arcilla con materia orgánica como cáscara de arroz o granos de café antes de la cocción. Al pasar el agua a través de ellos, los filtros retienen bacterias y parásitos, purificando así el recurso hídrico a una escala familiar. No obstante, hasta ahora estos filtros no eran capaces de eliminar los organismos más pequeños: los virus. Pero ese obstáculo está a punto de superarse gracias a la unión de conocimientos de un alfarero gerundense y una bióloga barcelonesa.

Ocurrió en el Baix Empordà hace seis años. Laura Guerrero, una investigadora del Laboratorio de Virus Contaminantes de Agua y Alimentos de la Universidad de Barcelona, acudió a la región alfarera de La Bisbal, en la provincia de Girona, en busca de ideas para mejorar la eficacia de los filtros de agua. En la Escuela de Cerámica de la localidad le sugirieron dirigirse a Josep Matés, un reconocido alfarero muy dispuesto a la innovación. Laura visitó el taller de Josep, situado en Fonteta, y ambos se pusieron manos a la obra. Pasaron varios meses haciendo pruebas, tratando de hallar la fórmula que diera a luz un filtro capaz de eliminar virus, hasta que al ceramista se le ocurrió una idea: utilizar la técnica de la cerámica negra. Realizaron la cocción del filtro en un horno vertical de leña durante 24 horas, cerrando al final la salida de gases y provocando una reacción química que tiñó el barro de color negro. Cuando Laura regresó al laboratorio se quedó sorprendida. La cerámica negra, una técnica alfarera ancestral utilizada en la cuenca mediterránea desde hace miles de años, era la respuesta que buscaba para mejorar la eliminación de virus.

“Así comprobamos las propiedades de esta cerámica para purificar el agua, algo que nadie había estudiado antes”, asegura Laura Guerrero, de 32 años. “Antiguamente se utilizaba para almacenar comida y agua, así que quizás ya se sabía que era buena para conservar porque tenía propiedades microbicidas”, manifiesta la investigadora, que actualmente desarrolla su investigación en Ecuador, un país donde el 25% de la población no tiene acceso a agua potable, según la Secretaría del Agua.

Escasez de agua segura en los Andes

Hasta hace poco, nadie en Gusniag había oído hablar de los filtros de barro. Pese a que los habitantes afirman que las diarreas son recurrentes entre niños y mayores, todos continúan bebiendo el agua de la única fuente a la que tienen acceso. “Viene directamente de la vertiente y al tomarla nos enfermamos, aunque siempre la hervimos antes”, expone la campesina María Lluilema. LaUniversidad de las Américas (UDLA) ha puesto en marcha un proyecto para llevar los filtros a Gusniag, con el objetivo de que en el futuro sea la misma comunidad la que fabrique sus propios filtros y potabilice por sí misma el agua.

La comunidad de Gusniag pertenece a la parroquia de Tixán, en la provincia de Chimborazo. Según datos del censo de población y vivienda de 2010, Tixán tiene un índice de pobreza del 96,9%. Es decir, apenas tres de cada 100 habitantes cuenta con sus necesidades básicas satisfechas. Los 250 indígenas puruhá que habitan en Gusniag viven principalmente de la agricultura y la ganadería, por lo que el agua es un bien indispensable no solo para el consumo humano, sino para mantener los cultivos y animales que garantizan su soberanía alimentaria. Sin embargo, la comunidad se ve obligada a sostener una lucha diaria contra los elementos para conseguir el líquido vital. La población de Gusniag, como la de tantas otras comunidades indígenas de los Andes ecuatorianos, engrosa la lista de los 34 millones de personas que carecen de agua potable y los 106 millones que no cuentan con saneamiento adecuado en América Latina.

“En la mayoría de comunidades es la misma población la que construye los sistemas de agua. Hacen una recepción del agua en la fuente, ponen tuberías y conducen a tanques reservorios y luego a las casas, pero de manera totalmente antitécnica. Entonces, no se garantiza un acceso pleno al agua y, sobre todo, perjudica la salud”, denuncia Carlos Zambrano, miembro de Camaren y coordinador del Foro de los Recursos Hídricos. De esta manera, en lugares como Gusniag queda lejos el cumplimiento del sexto Objetivo de Desarrollo Sostenible declarado por Naciones Unidas en 2015, que pretende “garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos”.

En el caso del agua para riego de cultivos, los habitantes de Gusniag también han tenido que trabajar duro para acceder a ella. Mediante mingas —sesiones de trabajo colectivo con fines comunitarios—, campesinos de varias comunidades de Tixán han construido una tubería de 16 kilómetros de longitud que trae el agua desde el río Pomachaca a través de la agreste orografía andina. “Ya casi lo hemos terminado, sólo falta hacer algunos puentes colgantes y los tanques de reservorio para tener riego por aspersión”, revela Anselmo Lluilema, habitante de Tixán de 54 años. “Estamos buscando la forma de sobrevivir y para eso necesitamos traer el riego, idear de dónde traer al agua para subsistir por nosotros mismos, porque al Gobierno no le interesa invertir en la micro producción de la familia campesina, lo que le interesa son los grandes riegos para la agroexportación”, se queja Lluilema, quien forma parte de la organización indígena Ecuarunari.

La Constitución ecuatoriana asevera que “el derecho humano al agua es fundamental e irrenunciable”, al tiempo que prohíbe la privatización del líquido vital y prioriza el reparto de los recursos hídricos para el consumo humano y el riego que garantice la seguridad alimentaria antes que para cualquier otra actividad productiva. No obstante, según Zambrano, estas disposiciones legales no están siendo satisfechas. “Es evidente que, en las pocas grandes haciendas que quedan en la sierra andina, se favorece a los grandes propietarios en el acceso al agua sobre las comunidades. Por ejemplo, en la zona de Cotopaxi existen haciendas que cultivan brócoli para la exportación y cuentan con importantes caudales porque es un producto que demanda mucha agua”, confiesa.

Una tecnología del Neolítico contra el cambio climático

Los problemas de acceso al agua para las comunidades andinas se están viendo agravados por el fenómeno del cambio climático. Los imponentes volcanes nevados ven cómo sus glaciares disminuyen poco a poco por el aumento global de las temperaturas, llevándose consigo la principal fuente de agua del altiplano. “Los ecosistemas de altura que conocemos como páramos actúan como esponjas que almacenan y regulan el agua hacia las partes bajas de las cuencas. Pero estos páramos se han ido deteriorando por el cambio climático y por el avance del ser humano, que por presiones sociales se ha ido desplazando hacia lugares más altos y ha utilizado este ecosistema para fines agrícolas, impidiendo que cumpla su función natural”, declara Zambrano. Así, el agua se convierte en un recurso cada vez más escaso, originando conflictos principalmente en la época menos lluviosa, que va de junio a septiembre.

Tratando de ayudar a paliar las dificultades relacionadas con el agua en la región andina, el profesor de la UDLA Esteban Fernández Moreira, quien colabora con Laura Guerrero y Josep Matés, propuso a la comunidad de Gusniag entregar un filtro de barro a cada familia. “Una tecnología del Neolítico como la alfarería puede contribuir a solucionar un problema del siglo XXI como la falta de agua provocada por el cambio climático”, manifiesta Moreira. “Lo bueno de estos filtros es que, a diferencia de otros inventos como los de titanio, pueden ser fabricados por una sola comunidad sin depender de nadie. Muy pocas veces podemos solucionar problemas tan importantes como la purificación de un bien de primera necesidad como el agua con algo tan sencillo como es coger barro, confeccionar la pasta, fabricar la vasija, cocerla y tener el producto”, explica este científico y bloguero gallego. “Es una tecnología ideal para comunidades que no tienen acceso a fuentes de financiación porque las empodera para que dejen de ser víctimas de las guerras del agua y se conviertan en agentes activos capaces de arreglar sus problemas de salubridad”, añade.

Los filtros de cerámica, que pueden dar agua limpia a una familia entera durante tres años, son fáciles de fabricar, aunque requieren de un horno adecuado y un buen conocimiento del arte de la alfarería. “Esta tecnología tiene la ventaja de ser barata, al usar materiales de fácil acceso y de producción local, pero también requiere un control de calidad estricto para que no sea perjudicial. Los parámetros de eficacia deben estar bien controlados”, aclara Guerrero, quien espera poder aplicar en Ecuador la técnica de los filtros de cerámica negra. “Lo ideal es que los filtros entren en el mercado local, como pasa en Camboya, donde microempresas los producen a una escala semiindustrial y los comercializan en el mercado local, de forma sostenible y con un volumen de producción que permite implementar controles de calidad que aseguran su eficiencia. Esto es preferible a que las ONG los regalen, ya que entonces sería más difícil que la gente se apropiase de ellos”, sostiene la investigadora que también colabora conOxfam Intermón.

Enclavada entre los colosos andinos que salpican el corazón de Ecuador, la comunidad de Gusniag aspira a conseguir agua limpia que mejore las condiciones de salud de sus habitantes. A pesar de la cercanía de algunas masas acuáticas como las lagunas de Ozogoche, cuya agua sagrada sólo se utiliza para rituales indígenas del pueblo puruhá, la escasez del líquido vital es cada vez más notoria en una región dominada por los tonos verdosos y amarillentos de los cultivos de quinua, trigo y maíz. Los filtros de cerámica, con su capacidad para potabilizar el agua de forma barata y sostenible, pueden ser un primer paso hacia el acceso a agua segura en esta pequeña aldea de la cordillera que vertebra la geografía sudamericana.